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Las primicias a Dios es una acción voluntaria y constante

Esta semana observamos en muchas congregaciones las conocidas “Fiestas de las Primicias”, esto tiene que ver con que todos los hermanos juntos y en armonía lleven al alfolí lo mejor de su cosecha, lo primero y lo más hermoso para ofrendarle a Dios. Honra al Señor con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos; entonces tus graneros se llenarán con abundancia y tus lagares rebosarán de mosto. Proverbios 3:9-10

Algunos creen que las primicias se tratan solamente de llevar al alfolí algo material o económico, pero Dios quiere que las primicias sea una fiesta diaria, es decir una ofrenda voluntaria de todos los días. La mejor alabanza, la mejor oración y el mejor testimonio como cristianos. Se trata de entregarle a nuestro Padre Celestial lo primero de nuestras vidas.

Cuando despertemos entreguemos a Dios el primer buenos días, el primer agradecimiento, que cuando tengamos algún problema él sea el primero en saberlo a través de nuestra boca, y que cuando vayamos a ofrendar o a diezmar lo primero sea para su Gloria y Honra.

Las primicias son la oportunidad de entrar a una tierra de abundancia. Cuando lo hacemos de forma voluntaria y con un corazón rebosante de amor y alegría, Dios te regalará lo primero del cielo, bendecirá tu tierra, tus aguas, el fruto de tu trabajo será prosperado y no vivirás una vida transitoria. Las bendiciones serán definitivas y tangibles, porque cuando damos las primicias al Señor vemos su poder sobre nuestras vidas.

La honra es como una moneda que tiene mucho valor en el cielo y así lo ve Dios cuando damos lo primero de nosotros para Él, quien fue quien cumplió con las primicias primero con nosotros. “Él nos amo primero que nosotros a Él, y entregó a su hijo Jesucristo como un regalo para su pueblo. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16

Malaquías 1: 6 dice: “El hijo honra al padre, y el señor a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? Dice el mensaje de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menos menospreciado tu nombre?”.

Por Andreina Fersaca

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