JESÚS, corrector de nuestro llanto

Todo el mundo llora. Lloran hombres y mujeres, pequeños y grandes, lloran personas de todas las latitudes geográficas y de distintas culturas y confesiones de fe. Es que la ruta de esta vida pasa a través del valle de lágrimas, del cual nadie puede escapar. Aun los hijos de Dios vemos mezclado nuestro gozo con el llanto, debido a la estancia en un mundo en el cual tenemos aflicción (Jn 16:33).

Cuando Jesús transitó por este mundo, él también lloró. Pero su llanto no fue por tener que nacer en un pesebre (Lc 2:7), ni por ser despreciado entre los hombres (Isa 53:3). Su llanto ocurrió al considerar la triste condición de otros. Una vez lloró frente a la tumba de su amigo Lázaro, quien había muerto hacía unos cuatro días; lloró movido por su compasión al ver a muchos llorando (Jn 11:33-35). Luego, la última vez que lo vemos llorar fue al llegar cerca de Jerusalén, aquel día de su entrada triunfal. Al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación (Lc 19:42-44).

Los siervos del Señor, igualmente, lloramos. Así pasó con Jeremías quien lloró cuando vio venir la destrucción de Jerusalén debido al pecado de sus habitantes y dijo: Ríos de aguas echan mis ojos por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo (Lam 3:48). El apóstol Pablo dijo llorando que por ahí andaban muchos que son enemigos de la cruz de Cristo (Fil 3:18). Y les advirtió a los corintios que quizás él tendría que llorar por aquellos que antes habían pecado y no se habían arrepentido (2 Co 12:21). Una consolación para los que lloramos mientras servimos al Señor, es esta promesa: los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán (Sal 126:5).

Cristo, en su ministerio terrenal, fue el Consolador por excelencia. Por eso, cuando se iba, prometió rogar al Padre para que enviara otro Consolador que estuviera con sus discípulos para siempre (Jn 14:16). Por esa virtud, el Señor corrigió el llanto desesperado de algunos. Siempre su corrección tiene el propósito de consolar.

Miremos: Una madre viuda en la ciudad de Naín llevaba a enterrar a su único hijo. A ella Jesús le dijo: No llores. Aquella no era una palabra insensible, que pretendiera, acaso, que la entristecida madre se olvidase de su hijo. La corrección de aquel llanto tenía como fundamento la inminente resurrección que el Autor de la vida habría de obrar en el hijo. Inmediatamente a su invitación a que dejara de llorar, Jesús mostró su poder vivificante y le dijo a la materia inerte: Joven, a ti te digo, levántate. Ante el influjo de aquella palabra de vida, se incorporó el que había muerto y comenzó a hablar, y Jesús lo dio a su madre. El milagro no sólo trajo consolación y gozo, sino el gran testimonio que Jesús era el profeta que habría de venir y que, en verdad, Dios estaba visitando a su pueblo (Lc 7:12-16). Jesús es la resurrección y la vida y el que cree en él, aunque esté muerto vivirá (Jn 11:25). Después que Jesús resucitó de los muertos, Pablo dijo que Cristo, el postrer Adán, es espíritu vivificante (1 Co 15:45). Debemos pedir gracia para superarnos de la tristeza por la partida de un familiar que se ha ido con Cristo. Si durmió en la fe del Salvador, la seguridad de su resurrección es irreversible y mucho más contundente que la misma muerte. Por eso Pablo dijo que, en tales casos, no nos entristezcamos como los otros que no tienen esperanza (1 Ts 4:13).

Por último, cuando Jesús iba subiendo al Calvario para ser crucificado, le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero el Señor corrigió aquel llanto: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos (Lc 23:26-31).

Aquí la corrección fue, primero, no lloréis por mí. El Señor no estaba lleno de melancolía por sus sufrimientos. Más bien, por el gozo puesto delante de sí, sufrió la cruz, menospreciando el oprobio (He 12:2). Pero, igual que aquellas hijas de Jerusalén, Pedro desconoció la cruz de Cristo y pensó que era un infortunio, a tal manera que comenzó a reconvenir al Señor para que nunca fuera a una muerte tal. Pero Jesús reprendió a Satanás por ponerle tropiezo y no poner la vista en las cosas de Dios sino en la de los hombres (Mt 16:22,23). Jesús no fue a la cruz para que sintiéramos conmiseración de él. Por tanto, llorar por Cristo respecto a su muerte, debía ser corregido. Él había sido designado como Cordero para cargar nuestro pecado (1 P 1:20). Aun mientras padecía levantado de la tierra, su espíritu estaba conectado con el Padre. Dos veces oró desde la cruz: Una, para pedir perdón por sus matadores (Lc 23:34) y otra, para entregar su espíritu al Padre (v. 46). Como respuesta a su primera oración crucificado, el centurión que dirigió su crucifixión, reconoció después: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (Mr 15:39). Como respuesta trascendente, nosotros hallamos en su cruz, el perdón de todos nuestros pecados y la absoluta reconciliación con el Padre celestial. Al tercer día Jesús resucitó, validando así su obra redentora en el Gólgota, para luego entrar al Lugar Santísimo por su propia sangre y ser nuestro Sumo Sacerdote para siempre (1 Co 15:4; He 6:20; 9:12).

También, ¡qué corrección al llanto de las mujeres en Jerusalén! ¡Debían llorar por ellas y por los hijos! El haber rechazado al Mesías habría de traer dolor inmenso sobre ese amado pueblo de Dios. Jesús justifica el llanto de las madres cuando sus hijos llegan a ser como árboles secos, lejos de las corrientes de aguas de la Palabra de Dios. Debemos llorar por la vida espiritual de los que se han secado espiritualmente. Jesús dice: Llorad… por vuestros hijos. Siempre Jesús nos invita a imitarlo; él lloró por la condición de las almas en Jerusalén, y nosotros debemos hacer lo mismo. ¡Si las iglesias tuvieran más llanto por las familias perdidas, más grande fuera la cosecha de almas para el reino de Dios!

Amados, los obreros del Señor lloran mientras riegan la semilla de la fe, pero aun este llorar, debe ser realizado con la esperanza de recibir una gran cosecha. Nunca debemos quedarnos estancados en el valle de lágrimas por las situaciones propias de esta vida terrenal, pues el Señor nos ayudará a atravesar el valle y verlo convertido en fuente cuando la lluvia llena los estanques (Sal 84:6). Fue la muerte de nuestro Señor la que compró salvación eterna para nosotros y para nuestros hijos. Debemos dejar de llorar por el Señor y derramar lágrimas por los que están a punto de ir a la eternidad sin él.

¡Gracias Jesús, por ser el bendito corrector de nuestro llanto!

Con amor sincero,

Pst. Eliseo Rodriguez
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